Desde sus primeros cortometrajes, la filmografía de Hélène Cattet y Bruno Forzani se ha entregado en cuerpo y alma a la deconstrucción de los más célebres subgéneros de la cinematografía italiana (giallo, spaghetti western, eurocrime) hasta reducirlos a su esencia, a su más pura abstracción. Lo que algunos tachan de esnobismo posmoderno, más que un tributo enciclopédico al uso, no es sino una sublimación de las texturas sensoriales del inconsciente cinéfilo, del cinéma bis y esas fugas que, en una u otra dirección, configuraron durante una edad dorada el discurso de lo fantástico. A priori, ‘Reflection in a dead diamond’ añade otro capítulo a ese trabajo de arqueología fílmica, en esta ocasión tomando como objeto de estudio el poliziesco y sus orígenes en papel, el fumetto nero, con Diabolik como gran icono atemporal de la historieta gráfica del país transalpino.
En su senectud, el personaje interpretado no por casualidad por Fabio Testi (uno de los galanes del exploit policiaco) mira al pasado con una mezcla de nostalgia y resignación. Un antiguo espía preso de la melancolía en el ocaso de su relato. El transcurso de los días en su retiro soñado de la Costa Azul, entre cócteles en la playa y lujosas habitaciones de hotel que ya no puede pagar, se ve continuamente interrumpido por la propia dinámica de la memoria, por esos flujos de conciencia que, en sus saltos sin lógica alguna, intentan aportar las piezas que componen el puzzle de su vida. Ese viaje en el tiempo, que Cattet y Forzani ilustran nuevamente con explosiones cromáticas, geometrías imposibles y referentes iconográficos surrealistas, nos transporta a una era enloquecida, adrenalítica, un rompecabezas de intrigas y conspiraciones de toda índole poblado por seres sin ningún tipo de escrúpulo. Pero ese universo apasionante, repleto de peligros sin rostro, es solo una ilusión. El espía asiste al final de una época en la que todo está cambiando, en la que todo está derrumbándose. No solo su lugar en un sistema que ya no comprende, sino también la política, la sociedad y, por supuesto, el arte, como la propia transformación que sufrió el polizesco cuando una Italia violenta de serie B lo reinterpretó en la década de los 70. Y no deja de resultar irónico que este asesino implacable se pregunte si en el futuro un teléfono podrá replicar todas sus habilidades.
Es entonces cuando la que hasta ahora parecía ser la cinta más accesible de sus autores decide lanzarse al vacío. En el último tramo del filme, la ficción devora por completo lo real. Cattet y Forzani se zambullen de lleno en el terreno del metacine desde una perspectiva claramente crepuscular que describe a la perfección el mundo en el que vivimos instalados, el de la fama efímera y los sueños líquidos. El viejo absorto en sus recuerdos podría ser realmente una estrella trasnochada del celuloide, o quizás el héroe de un cómic que ya nadie lee, quién sabe, pero sin duda es la personificación de esos mitos del pasado convertidos en polvo que el presente canibaliza a su antojo y que han hecho de la crisis de identidad uno de los males congénitos de nuestra época. Lo que, en cierto modo, emparenta la película antes con ‘Inland empire’ de David Lynch que con esa larga lista de alusiones cinéfilas a la que nos habían acostumbrado.
Y más allá del alcance de lo que proponen, congratula descubrir que Cattet y Forzani nunca renuncian a su poder hipnótico, a su humor subterráneo, ni a su manera tan particular de entender el romanticismo o la violencia, seguramente las fuerzas que impulsan el corazón de su obra. Demostrando aquí, además, una madurez renovada tras la cámara en algunas de las mejores secuencias que han filmado hasta la fecha. Sin obviar ese torrente creativo que exhiben a la hora de perfilar a las criaturas que protagonizan su historia, como Kinetik, el asesino que, como un prestidigitador, hace perder la noción de la realidad a sus víctimas llevándolas a creer que viven en una película en la que la palabra ‘fin’ de los títulos de crédito representa el momento de la muerte. Ya en el último plano nos conducen (literalmente) a un punto de no retorno para la imagen, una maniobra que, como el fotoquímico que arde en el cierre de ‘Carretera asfaltada en dos direcciones’, o los fotogramas rayados de ‘Irma Vep’, atestigua la disolución de toda una cosmovisión.




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