A pesar de ser destinatario de múltiples homenajes y retrospectivas, tanto en festivales como en cinematecas, Svankmajer nunca ha sido profeta en su tierra. Ninguna de sus películas ha gozado del beneplácito del público local, que siempre se decantó por las fantasías vernianas de Karel Zeman, mientras los historiadores siguen ensalzando la filmografía de sus colaboradores, caso de Juraj Herz (‘El incinerador de cadáveres’), así como de otros compañeros de generación, con Frantisek Vlácil a la cabeza (su poema medieval ‘Marketa Lazarová’ está considerado por unanimidad el mejor largometraje checo de todos los tiempos). Para todos y para nadie: “Los surrealistas se deben a desconocidos simpatizantes”, que diría Georges Franju, incidiendo en el elitismo del movimiento. Afortunadamente, hay honrosas excepciones. La crítica francesa le adora (Positif lo encumbró como “un gigante del cine contemporáneo a la altura de Yuri Norstein”) y, curiosamente, cuenta con una extensa legión de admiradores en Japón. Ello sin olvidar algunos encargos inauditos, como ‘Flora’, dirigido para la MTV en 1989.

El problema puede residir en la tortuosa difusión de sus piezas. Svankmajer fue víctima de la labor inquisitorial de los censores del régimen estalinista, especialmente cuando su trabajo era juzgado por los ‘papalas’ (‘gatos gordos’, el nombre dado a los funcionarios comunistas) y los altos estamentos de la televisión, y en numerosas ocasiones se vio en la tesitura de reconstruir algunos cortometrajes en la sala de montaje, tal y como le sucedió con ‘Kostnice’ (1970), una parodia de las guías turísticas oficiales y los comportamientos vandálicos del visitante foráneo que filmó, como si de un documental de terror se tratase, en el monasterio cisterciense de Sedlec.

La debacle del sistema soviético no le inspiró mayor entusiasmo: la irrupción del gran engranaje económico afiliado al capitalismo neoliberal ensombreció su cine, sumido desde la década de los ochenta en un terrible pesimismo que alentó su faceta más impúdica, ajeno ya a cualquier tipo de decoro narrativo. Sin duda, Svankmajer compartiría con Haneke que no se puede inventar nada peor que la realidad. Su travesía del desierto solo podía tener como meta el terreno del ensueño y el extrañamiento.

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