Rebeldes del sol naciente: cine independiente japonés en el siglo XXI

Written by:

Pocas películas encarnan mejor que ‘Sad vacation’ (2007) el alma del indie japonés. En ella, Shinji Aoyama repensaba algunos de los grandes temas que había tratado hasta entonces la cinematografía nipona al margen de la industria, siempre con un estilo áspero y contestatario, en ocasiones incómodo. La colisión entre tradición y modernidad, el drama de la inmigración ilegal, la imposibilidad de curar las heridas del pasado, la destrucción de los vínculos primarios, la violencia implícita en una comunidad obsesionada con el tatemae (la ‘fachada’, la conducta pública) y, sobre todo, la crisis identitaria de un país abocado a revisar sus propios mitos. «Creemos poseer un rico patrimonio cuando solo son cosas que proceden de otro lugar», sostiene el personaje que interpreta Joe Odagiri al recordar que los orígenes de Japón se hallan en las masas de coral que llegaron a la deriva desde Hawái.

Puede que haya perdido la radicalidad de antaño, la misma que brindaba la militancia de Koji Wakamatsu (el cronista titular del ascenso y caída de la extrema izquierda) o la sensibilidad punk de Sogo Ishii, pero el cine independiente del presente siglo sigue siendo esencialmente político en un sentido amplio. Además, con un marcado carácter urbano e intergeneracional. Asume su naturaleza política al poner sobre el tapete altos valores como el honor o la tolerancia para desnudar las vergüenzas nacionales, caso de ‘Bashing’ (2005), donde Masahiro Kobayashi recupera la historia real de Nahoko Takato, la activista y fotoperiodista que fue secuestrada por rebeldes muyahidines en Irak. También cuando Shinya Tsukamoto explora en ‘A snake of june’ (2002) la insatisfacción emocional y sexual que conlleva toda represión institucional (Estado, mercado laboral, sociedad de consumo, cultura ancestral) de las libertades. Y lo es porque el retrato que Kiyoshi Kurosawa propone en ‘Bright future’ (2003) subraya el vacío existencial de una juventud que, a golpe de realidad, ha presenciado la muerte de los grandes relatos que legitimaban la vida de sus progenitores.

Desde otra perspectiva, ‘H Story’ (2001), tercer largometraje de Nobuhiro Suwa, hijo predilecto del cahierismo al que un remake de ‘Hiroshima, mon amour’ le permite interrogarnos sobre la vigencia de la imagen cinematográfica y los desengaños de la memoria colectiva. Y, aunque no lo parezca, incluso hay espacio para cierta levedad, como sugiere ‘The Kirishima thing’ (2012), de Daihachi Yoshida, autor de algunas de las comedias más irreverentes de principios de siglo (nunca es tarde para rescatar su desmadrada ‘Funuke’). Y, como es marca de la casa, una recomendación estrictamente personal que, aun siendo obvia, no está de más recalcar: ‘Love exposure’ (2008), de Sion Sono, no solo la obra maestra de su ahora tan prolífico director, sino la épica romántica más loca jamás filmada. Cuatro horas de metraje que reivindican el exceso como expresión artística.

Leave a comment