¿Puede el amor permanecer inmune a los designios del tiempo? Ésa parece ser la cuestión más significativa de todas cuanto se plantea ‘Eternity’, ópera prima del tailandés Sivaroj Kongsakul, que reclama para sí la herencia de ese cine antiteleológico que no comulga con la causalidad del relato occidental. Así, con el mismo sentido de la narrativa que ofrecen sus primeros y largos planos fijos, la película es un viaje de ida y vuelta, un capítulo en los márgenes del folclore local que, a lo largo de tres pasajes claramente diferenciados, medita acerca de la soledad, la senectud, la inexorabilidad del tiempo o la caducidad de los sentimientos.
Tomando como partida la creencia popular, el espíritu de un hombre llamado Wit regresa, tres días después de su fallecimiento, al hogar que lo vio nacer, tras vagabundear, preso de los recuerdos y el remordimiento, por yermos paisajes a los que envuelve un aura de teñiduras melancólicas y otoñales (acentuando el carácter fronterizo de esa tierra de nadie que separa a vivos y muertos); en su segundo tramo, somos testigos del incipiente y hermoso romance de éste, un muchacho apuesto y presumido que vende pólizas de seguros, y Koi, una urbanita que, con cierta pesadumbre, trabaja como profesora en Bangkok (inspirándose, como en ‘Syndromes and a century’, en la relación de los progenitores del cineasta); finalmente, el desafío de la subsistencia que contraen su mujer y sus dos hijos tras su muerte, siendo la rutina y sus recodos fiel reflejo de aquellos obstáculos que dificultaron el camino de la pareja: la distancia geográfica y el porvenir profesional. Tres etapas que, además, confirman el interés genealógico de su director, especialmente en aquella escena, ideológicamente emparentada con otra de similar naturaleza de ‘Sad vacation’ de Shinji Aoyama, en la que Wit se hace eco de la leyenda, de reminiscencias mitológicas, que contornea el origen de una montaña milenaria.
Deudora de la obra de aquéllos que ejercieron de maestros para el joven debutante (Kongsakul trabajó como asistente de dirección para Aditya Assarat y Pen-ek Ratanaruang), ‘Eternity’ cita constantemente el imaginario de Apichatpong Weerasethakul, aunque con cierta parquedad y menor intuición para moldear lo etéreo de la existencia. Los juegos de contrastes que recurren a espejos oblicuos, y las resonancias telúricas y atmosféricas, están al servicio de una trama cuyos tópicos aluden a los lugares comunes que franquea su compatriota: la exhuberancia de la tradición oral; las instantáneas que aprisionan un secreto del pasado; el antagonismo existente entre el campo y la ciudad; el retorno festivo a los vínculos primarios; la cotidianidad contemplativa en perfecta consonancia con los elementos fantásticos y/o crepusculares; las situaciones ligeras y humorísticas; la comida como piedra angular del ritual doméstico y comunitario; las ofrendas budistas que reclaman longevidad y fortuna; o la predilección por edulcorados éxitos de la música pop que susurran acerca de los males del corazón.
Apoyándose en el tratamiento de la luz concebido por Ampornpol Yukol (remitiendo, con no pocas similitudes, a su trabajo en ‘Wonderful town’) y el sugerente score eléctrico de Qong Monkon, es competencia de Kongsakul la lucidez con la que se hilvana esta remembranza de aquello que resiste latente, de la memoria velada que lucha por perpetuarse. Su talento queda de manifiesto cuando acomete algunas de las más bellas transiciones que el cine asiático haya dejado para la posteridad, filmadas como si se tratasen de una auténticas filigranas. Suficiente oficio para evocar, como reza la canción que entonan los bisoños pupilos de la educadora, ese anhelo de eternidad; virtud que, irónicamente, pertenece a las cosas que, cuanto más cambian, mayor inamovilidad exhiben.




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