“¿Te lo crees todo?”, le espeta Avé a Kamen, tendida desnuda sobre la cama de una habitación de hotel, en una localidad extraviada entre carreteras comarcales, en medio de la nada. Él, un adolescente reservado y huidizo, inmerso en un viaje sin equipaje con la intención de asistir al funeral de un viejo camarada, un compañero de su escuela de arte cuyo súbito suicidio parece engendrar en su seno un ineludible sentimiento de culpa. Ella, una joven fugitiva, imprudente y traviesa, a la que conoce azarosamente en su camino. Los recelos iniciales confirman pronto el talante problemático de Avé, empecinada en ingeniar una nueva identidad para ambos cada vez que alguien los recoge. Sus mentiras compulsivas se convierten en un juego incómodo, hasta el punto de que Kamen se siente incapaz de discernir entre lo que es verdad y lo que es humo.
En su odisea, la pareja se separa y reencuentra una y otra vez en continuos movimientos de repulsión y atracción; mientras surge sosegadamente el amor, comparten cigarrillos a la orilla del río, siguen la pista de un hermano ausente cuyo rastro se desvanece en solares abandonados, cometen pequeños hurtos en gasolineras y tropiezan con lobos cuya apariencia de cordero encubre a pedófilos que acechan en claustrofóbicas madrigueras y conductores que a la mínima de cambio destapan su violenta paranoia.
Road movie excepcionalmente romántica, la película retrata a una juventud hastiada y alienada, esclava de secretos inconfesables y utopías tan glamourosas como irrealizables, impelida por traumas de un pasado en el que afloran frustraciones sexuales y carencias afectivas. Criaturas desorientadas en un mundo de adultos marcados por el conflicto paterno-filial y el dolor del duelo, por la tragedia insoportable de sobrevivir a los hijos, por ilusiones piadosas que promueven una felicidad efímera. Frente a la intensidad que exudan los planos en espacios cerrados, las tomas en exteriores mantienen una distancia prudencial, evidenciando (como en el caso de la música, en la que los instrumentos de cuerda oprimen sutiles punteos de guitarra) fluctuantes estados de ánimo. Su desenlace, abierto y taciturno, es otro aliciente más para aproximarse sin suspicacia a la poco complaciente ópera prima del búlgaro Konstantin Bojanov.




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