De ‘Vanishing waves’ a ‘Johanna’, la Europa del Este postsoviética (2000-2009)

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En mayo de 1991, el cosmonauta Sergei Krikalev se embarcó en una misión espacial. A lo largo de los diez meses que residió en la estación Mir, Moscú sufrió un golpe de Estado y el mundo que había conocido comenzó a desintegrarse. Cuando regresó a casa, la Unión Soviética era ya pasto de las llamas del cambio. Esta historia, que Andrei Ujica narra con trazo maestro en el documental ‘Out of the present’, describe sutilmente la vertiginosa transformación geopolítica que experimentó de la noche a la mañana el viejo continente.

Como motor de la segunda mitad del siglo XX, el fantasma de Yalta se cernió sobre la Europa del Este, víctima de los desmanes de los regímenes totalitarios, las invasiones territoriales y el sometimiento ideológico que padecieron unos pueblos marcados por su frágil carácter multiétnico y su escaso bagaje democrático. La cultura, por supuesto, fue una de las grandes damnificadas. Los países que vivieron bajo el yugo estalinista tras la Segunda Guerra Mundial fueron testigos de la nacionalización de su industria cinematográfica, el éxodo de los profesionales repudiados por la censura estatal y la imposición de los códigos estéticos, técnicos y conceptuales que emanaban del realismo socialista, al que sólo las nuevas olas de los sesenta lograron plantar cara.

La agonía del espectro del comunismo y el colapso de la URSS, un acontecimiento inexorable que empezó a consumarse con la caída del Muro de Berlín, proporcionaron a estas repúblicas la posibilidad de recuperar el espacio de libertad perdido y, de este modo, redefinir sus identidades nacionales a través del arte. La transición a la economía de mercado y la evolución radical de las prácticas sociales soliviantó la educación sentimental y cinéfila de toda una generación de realizadores. Así lo reflejaron como testimonio de un proceso convulso y contradictorio en las obras que firmaron durante la primera década de este siglo.

Ahí quedan las heridas abiertas de Europa, lugar común de los cineastas de la antigua Yugoslavia (Danis Tanovic, Srdan Golubovic), conviviendo con la idiosincracia cívica de Polonia (Piotr Trzaskalski, Malgorzata Szumowska), la sátira checa (Vit Klusák, Filip Remunda), el anclaje búlgaro a la tradición nacional (Iglika Triffonova, Kamen Kalev), la grotesca cotidianidad de las comunidades rurales (György Pálfi) y las parábolas colectivas del nuevo cine rumano (Cristian Mungiu, Corneliu Porumboiu, Cristi Puiu).

Otros autores se aferraron a la herencia social para acometer una renovación de géneros como el thriller, llevando al límite los recursos de la comedia negra y surrealista (‘Control’, del húngaro Nimród Antal), o el fantástico, casando la ciencia ficción sesuda de los herederos de Kubrick con el discurso descarnado de Gaspar Noé (‘Vanishing vaves’, de la lituana Kristina Buozyte). Incluso ‘The life and death of a porno gang’, de Mladen Djordjevic, una salvaje panorámica de la posguerra balcánica con no pocas similitudes con la controvertida ‘A serbian film’; un combinado de pornografía, snuff, mafias y miseria que gravita sobre la degradación individual y colectiva de una región traumatizada por la violencia estructural. También una debilidad personal de quien esto escribe: ‘Johanna’, producido por Béla Tarr, uno de los musicales más fascinantes y disparatados del presente siglo.

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