A finales de los sesenta, como azote de los dogmas religiosos y la hipocresía sexual, Pasolini legó a la posteridad una de sus mejores creaciones, quizás la más icónica. El ‘visitante’ de ‘Teorema’, que personificaba un joven y atractivo Terence Stamp, se instalaba sin explicación alguna en la residencia de una familia adinerada a la que gradualmente seducía física y emocionalmente, hasta tal punto que su repentina desaparición ponía en jaque la cordura y el equilibrio de los que dejaba atrás. Con esa misma premisa construía su octavo largometraje el neerlandés Alex van Warmerdam. Solo que, en aquella ocasión, su Camiel Borgman parece la perfecta encarnación del mal.
Ángel o demonio, también cumple una función desestabilizadora en el seno de una familia de la periferia acomodada “cuya suerte debe ser castigada”. Siluetas inertes, tan superficiales como la vivienda que habitan, atrapadas en una red de privaciones (sexuales) y terrores propios de las élites acaudaladas (el desprecio del emigrante, la obsesión con la seguridad y el prestigio profesional). En ese marco, la presencia de Borgman se asemeja a “un calor agradable que intoxica, pero que también confunde”.
Se entienda como un relato de corte fantástico y ecos buñuelianos en torno a la lucha de clases, un thriller doméstico de naturaleza satírica, o la última vuelta de tuerca al tópico vampírico, Warmerdam nunca disimula sus intenciones, tal y como revela la cita bíblica que abre el filme, ni sus fuentes, provengan del ámbito de las letras (la copiosa herencia del Marqués de Sade), la pintura (ese plano inspirado en ‘La pesadilla’ de Johann Heinrich Füssli con la figura del íncubo como leit-motiv), el teatro (no en vano, su reconocida faceta como dramaturgo ha servido de modelo a directores como Jacques Audiard) o el mundo de los sueños. “‘Borgman’ es un cadáver exquisito”, apuntaba el crítico e historiador Jonathan Rosenbaum, rememorando el juego literario de la primera hornada surrealista. Con esta carta de presentación, a nadie desconcertará que se alzase con el máximo galardón en el Festival de Sitges, un foro mucho más receptivo a propuestas de esta índole que Cannes, certamen donde tuvo su prèmiere y no despertó excesivo entusiasmo.
La ética del poder
Cómodo tras la máscara del populismo mesiánico, el fantasma del fascismo recorre nuevamente el Viejo Continente con sus promesas de prosperidad y estabilidad, enarbolando con orgullo la bandera del nacionalismo ciego y el miedo al Otro. El perfecto caldo de cultivo para que toda una generación de cineastas especule con mirada quirúrgica sobre la alienación del individuo y las artimañas de los mecanismos de control social.
Citando con descaro ‘El castillo de la pureza’, obra maestra del cine mexicano dirigida a comienzos de la década de los setenta por un joven Arturo Ripstein, y ponderando, de forma consciente o no, algunas ideas de Philip K. Dick (“si puedes manipular el significado, puedes someter a la gente que debe usar las palabras”) y Ludwig Wittgenstein (“el lenguaje es una caja de herramientas”, apropiándose de la metáfora agustiniana), Yorgos Lanthimos perfilaba en ‘Canino’ los dispositivos a los que recurren los totalitarismos para infantilizar a la población, censurar las pretensiones libertarias y ahogar la identidad en el vacío colectivo. Aquella fábula, provista de la elegancia clínica y la frialdad centroeuropea de Michael Haneke y Ulrich Seidl, jugaba con la posibilidad de un espacio cerrado asfixiante (una casa aislada del exterior que podría haber descrito Julio Cortázar en algunos de sus mejores cuentos) donde los progenitores de un clan familiar, tiranos ocasionales de la función, educaban y reformulaban la realidad de su prole adulterando semánticamente los signos lingüísticos.
Además de compartir esa predilección por las mansiones claustrofóbicas, la opresión cotidiana en los contextos suburbanos, los diálogos inconexos y la crueldad aséptica (Warmerdam sostiene que la violencia se tornó aburrida el día que Peckinpah comenzó a filmarla a cámara lenta), tanto el griego como el neerlandés coinciden en sus preocupaciones: la amoralidad caricaturesca del poder y la familia burguesa como fuente de reclusión y perversión. La ambición ilimitada de las clases altas, que se parapetan en la zona de confort del capitalismo, arrastra al abismo a las criaturas que retrata Warmerdam, personajes necios y mezquinos capaces de cualquier cosa por dinero o placer.
Abuso y humillación
En ese sentido, ‘Los últimos días de Emma Blank’ resulta ejemplar. Con sutiles referencias al nazismo, el rol titular es un ser despótico y altivo, una insufrible dictadora que subyuga a su voluntad al séquito de criados que satisfacen sus caprichos por extravagantes y sórdidos que estos sean. El pretexto de una enfermedad terminal e incurable sirve a la dueña de una residencia campestre para abusar y humillar a su servidumbre: el mayordomo tiene la obligación de utilizar ridículos bigotes postizos; la cocinera debe afanarse en preparar cucarachas de manteca (sic) y localizar en el mercado anguilas para el desayuno; Theo es la mascota de la casa y se comporta como un perro, defecando en el jardín y corriendo de un lado a otro para regocijo de su ama. Un cúmulo de abyecciones que, por momentos, motiva que olvidemos que esto no es sino una comedia. Que hiela la sangre, sin duda. Muy negra y sombría, sí, pero también endiabladamente divertida.
El resto de la filmografía de Alex van Warmerdam insiste en sus grotescas estampas corales para ensañarse con la sociedad holandesa (‘De jurk’), en la fantasía que remienda el clásico cuento de hadas (‘Grimm’) o en las relaciones edípicas (‘Abel’). Siempre con la ironía como rasgo distintivo, incluso para meditar sobre la ambigua dialéctica que se establece entre la realidad y la ficción: el protagonista de ‘Ober’ era un anodino camarero que azarosamente descubre que es el personaje principal de la obra que está escribiendo un novelista en horas bajas. “Me siento joven y lo mejor todavía está por llegar”, aseguraba en Sitges cuando recogió la Máquina del Tiempo. Que tiemble el establishment económico.




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