Sitges 2025: ‘La torre de hielo’ de Lucile Hadzihalilovic

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Década de los setenta. Jeanne (Clara Pacini) escapa del orfanato que hasta ahora ha sido su hogar tras la pista de una madre ausente, una figura extraña que despierta en su seno una mezcla de tristeza, nostalgia y amor infinito. Su travesía entre montañas la conduce a un estudio de cine donde se filma una adaptación de ‘La reina de las nieves’ de Hans Christian Andersen protagonizada por la misteriosa Cristina (Marion Cotillard). Así comienza ‘La torre de hielo’, cuarto largometraje de Lucile Hadzihalilovic, otra pieza fascinante, hipnótica, majestuosa.

A través del prisma de la infancia, de la adolescencia y de ese ambiguo tránsito hacia la vida adulta repleto de incertidumbres y temores, y abrazando las infinitas posibilidades y riquezas que brinda la metaficción, Hadzihalilovic delinea, a la manera de una oscura fábula, de un sinuoso cuento de hadas, la relación que poco a poco se va fraguando entre Jeanne y Cristina. La actriz representa el vestigio de una edad dorada, de un Hollywood en declive que se debate entre la belleza atemporal y el tormento interno. La gélida seducción con la que lentamente atrapa en su red a la joven se convierte en un juego de manipulación y deseo que recorre una sensación de peligro latente, de turbación constante. Un laberinto de espejos en el que la frontera entre la realidad y el sueño se diluye entre identidades fragmentadas, entre imágenes volátiles y lánguidas que evocan la existencia de ese enigmático lugar entre la vigilia y lo onírico, franqueando esa ruta fantasmagórica, ese estado de duermevela que conecta ‘Persona‘ o el universo hitchcockiano con ‘Mulholland drive’.

El que con certeza es uno de los trabajos más accesible de su autora, al menos si lo confrontamos con ‘Earwig’ (un rompecabezas solo comprensible a nivel intuitivo que invocaba el automatismo y la libertad creativa del surrealismo), nos advierte acerca de la amenaza que encarna la idolatría, acerca de los sacrificios que exige la obsesión, la persona cosificada como fetiche conocedora del hechizo que ejerce sobre todos cuanto la rodean y glorifican. Y nada mejor para retratarlo que la estética del claroscuro, una lucha continua entre el punto de luz y el reino de las tinieblas que la fotografía de Jonathan Ricquebourg recrea en un ejercicio de pura orfebrería visual. Una especie de trance suspendido en el tiempo y el espacio que confirma que el cine de la realizadora francesa es un nicho en sí mismo.

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