En algún lugar remoto entre la filmografía de Wes Anderson y la de Hayao Miyazaki (aunque sin la artificiosidad y la perfección geométrica del primero, ni la profundidad y alcance del segundo) parece situarse ‘The legend of Ochi’, la ópera prima de Isaiah Saxon, otro realizador que salta a la gran pantalla procedente del videoclip, con trabajos notables para Björk o Grizzly Bear inspirados en los clásicos del primer Walt Disney o en la obra de Stanley Kubrick. De ahí que nos encontremos ante una extraña fantasía familiar que se debate entre la satisfacción de su público potencial y los gestos de autoría, algo que ya reflejan sus propios créditos: producción de los todopoderosos hermosos Russo, música de David Longstreth de Dirty Projectors.
Fotografía de cuento de hadas, animatronics de la vieja escuela y algún pasaje lacrimógeno son los materiales sobre los que se construye esta aventura infantil, oscura y luminosa a partes iguales, tan tierna y bienintencionada como tontorrona e insustancial, a la que no falta la consabida moraleja que aspira a abarcarlo todo, sobre el valor y la amistad, sobre el papel fundamental que cumplen las emociones y nuestra dificultad para comunicarlas, sobre la necesidad de pertenecer a un lugar y a una comunidad, sobre los vínculos familiares, sobre nuestro deber de proteger la naturaleza. Claro, para el recuerdo, una adorable criatura como protagonista que, de haber sido un éxito, se habría convertido en un triunfo de la mercadotecnia. Huelga decir que es superior y no se resiente de las malas decisiones que afloran en otra producción de A24 estrenada este año y con la que guarda no pocas similitudes, la terrible ‘Death of a unicorn’, también estos días en competición en el Festival de Sitges y que bajo ningún concepto recomendaremos.




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