Salvo excepciones muy contadas, las adaptaciones cinematográficas de videojuegos no han corrido excesiva suerte. Sin ir más lejos, ‘Until dawn’, estrenada a mediados del presente año, fue despellejada sin compasión por propios y extraños. De ahí el interés por descubrir lo que podría ofrecer uno de los mayores fenómenos virales de 2023 en su salto a la gran pantalla. Hablamos de ‘Exit 8’, una creación del estudio Kotake Create. Tras su premiere mundial en las sesiones de medianoche del Festival de Cannes, donde cosechó reseñas más que elogiosas, en muchos casos vinculándola en espíritu con el ya clásico de culto ‘Cube’ de Vicenzo Natali, meses después se coronó como la cinta más taquillera de la temporada en Japón.
La primera incógnita que generó este proyecto es bastante obvia: ¿cómo desarrollar una película con tal material? Pues, no lo olvidemos, se trata de una obra entregada al horror liminal, sin contexto alguno, que ante todo brinda una experiencia inmersiva y claustrofóbica. Nuestro antihéroe, un hombre atrapado en un bucle de pesadilla en los pasillos de una estación de metro. Su objetivo, localizar la dichosa salida 8. Pero hay una regla que cumplir si quiere escapar: no pasar por alto nada fuera de lo normal. Si descubre alguna anomalía, debe dar media vuelta. Si no, tiene que avanzar.
Pues bien, el segundo largometraje de Genki Kawamura (el productor de ‘Monstruo’ de Hirokazu Kore-eda) apuesta por expandir su universo con nuevos personajes y elementos que refuerzan su viraje hacia el terror psicológico, haciendo dialogar el plano secuencia con el juego de perspectivas, acrecentando en la misma maniobra la atmósfera surreal y grotesca ya presente en el juego. Sin embargo, la mayor contribución de Kawamura reside en el subtexto que construye más allá de este laberinto ajeno a los designios del tiempo y el espacio. Lo que apuntaba en sus primeros minutos a advertencia sobre la dinámica individualista y poco solidaria que guía en su día a día a la sociedad contemporánea, también a propósito del capitalismo horizontal que genera, termina por transformarse en una odisea sobre el miedo a lo desconocido, en concreto, las inseguridades que irremediablemente asociamos a la paternidad primeriza. Y, a tenor del resultado, la jugada, en verdad arriesgada, no ha salido nada mal.




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