Ya en sus primeros compases, ‘La hermanastra fea’ revela que es una obra nacida para desconcertar. Una subversión del tradicional cuento de hadas que bebe tanto de los relatos más lóbregos de los hermanos Grimm como del cine erótico de Walerian Borowczyk, con una imaginería que se desliza sin dificultad entre la fealdad extrema y la ensoñación pop, que mima hasta el último detalle su apartado artístico mientras no escatima en fotogramas explícitos que hielan la sangre, difíciles de soportar, todo ello bajo el encanto de una banda sonora que lo mismo se abandona al poder de los sintes y las guitarras distorsionadas, que se zambulle en pasajes psicodélicos que remiten a la música compuesta por Bruno Nicolai para aquellos clásicos del cine de terror italiano de la década de los setenta.
Obviando esa delicia de envoltorio, también la pus, los cuerpos putrefactos y los desmanes de un auténtico carnicero con ínfulas de cirujano, la historia del patito feo que propone la noruega Emilie Blichfeldt caricaturiza, desde la mirada del feminismo del siglo XXI, esos manuales decimonónicos que encerraban a la mujer, esto es, a la buena madre y esposa, en una jaula de roles preestablecidos, quehaceres domésticos y buenos modales. Lo que en ‘Innocence’ de Lucile Hadzihalilovic se ridiculizaba desde el surrealismo, aquí se presenta en toda su crudeza, sí, pero sin renunciar al humor más estrambótico y grosero. Y no resulta complicado atisbar en su cuestionamiento de los cánones de belleza o la falta de sororidad sus concomitancias con la realidad que hoy han impuesto las redes sociales. Tampoco que su cierre, una de las secuencias más salvajes y desopilantes de este 2025, la erigen, sin lugar a dudas, como el gran body horror (de época, para nuestra sorpresa) de la temporada.




Leave a comment