A propósito de ese giro copernicano que parece insuflar aires de renovación al fantástico, el mayor logro de obras como ‘Skinamarink’ o ‘De naturaleza violenta’ reside en su firme voluntad de replantear el cine como una cuestión de perspectiva, de punto de vista. A este respecto, ‘Good boy’, seguramente el fenómeno viral más comentado de la temporada (es decir, bajo la maldición de las expectativas desorbitadas desde el primer momento), invita a mirar a través de los ojos de un perro, a ser testigos con él de la amenaza ominosa que lentamente se cierne sobre su dueño.
Ahora bien, aparquemos ya el hype porque la ópera prima de Ben Leonberg es una película modesta, independiente, cuya fuerza descansa en el uso de recursos tan básicos del género como el sonido, como las sombras, como el golpe de efecto, y que, por supuesto, descarga todo el peso de la función en su peludo protagonista, en verdad admirable, un animal capaz de transmitir todo el desasosiego de alguien que ha visto derrumbarse el mundo que le rodea y sustenta sin llegar a entender por qué.
Por lo demás, y esto resulta bastante palpable cuando quiere profesar su amor por toda una tradición del cine de terror (cita incluida de ‘El carnaval de las almas’ de Herk Harvey), bastante clásica en su factura y en su aportación al panteón de casas encantadas del séptimo arte, también repetitiva y formularia en su desarrollo, incluso cuando induce al espectador a dudar sobre lo que está presenciando: el resultado de una enfermedad terminal o la influencia maligna de un ser abyecto. Al final lo único que queda claro es que la fidelidad (el auténtico leitmotiv de esta película) es un compromiso que no concluye en nuestro descenso a los infiernos.




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