La estupidez es contagiosa. Estas palabras, en boca de la joven Alpha, hallan su reflejo en esa segunda condena que vivió en carne propia la generación que sucumbió a la epidemia de SIDA durante la década de los ochenta. Y esa estupidez, esa ignorancia, surge del miedo. El miedo al enfermo, al adicto, al extranjero. A un enemigo invisible cuya amenaza nos abruma. En definitiva, es el temor al Otro. Con esta reflexión sobre la marginación y el estigma social construye Julia Ducournau su tercer largometraje, una película extraña, ensimismada, a ratos chillona e histriónica, cuando no resulta directamente extravagante y hortera en su cartografía del dolor y la crueldad humana.
Sorprende pues la apuesta de la directora de ‘Titane’ por esta suerte de drama familiar de intensidad hipervitaminada, bastante tosco en su acabado formal y en su textura emocional, por mucho que su constante recurso del primer plano intente penetrar una y otra vez más allá de lo epidérmico. Para colmo, sus dudosas intenciones (también sus costuras) resultan ineludibles cuando se obceca en subrayar reiteradamente su mensaje con todo un arsenal de piruetas metafóricas y simbólicas llevadas hasta la extenuación. O cuando aspira a dotar de gravedad a sus imágenes sin rumbo ni destino con la música de Nick Cave o Tame Impala. Tristemente, esta retórica efectista priva de fuerza al verdadero pretexto del filme: no hay apocalipsis más aterrador que el desasosiego que acompaña al sentimiento de pérdida, y de ahí nuestra dificultad a la hora de aceptar la marcha, en el momento en el que la única salida posible es dejar ir. Porque polvo somos y en polvo nos convertiremos todos. Lástima que el poso que deja sea el de un ejercicio caprichoso y plomizo.




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