Retrato de adolescente con mensaje al fondo, a través de tres etapas diferentes, antes, durante y después del paso de ésta por una secta integrista cuyos miembros defienden proclamas dadivosas sólo en apariencia, lavados de cerebro auto-inducidos, culto exacerbado hacia su líder, persuasiones coercitivas y exclusión social. Si bien la joven Martha (Elizabeth Olsen) consigue escapar, al menos en términos geográficos, de la influencia de la comunidad fanática adónde había ido a parar voluntariamente, nunca logra hacerlo en el plano psicológico, quedándose a merced de sus propios recuerdos, temores y obsesiones, mezclados entre sí, todos provenientes de ese pasado que no puede olvidar y que, de forma añadida, la hace cuestionarse continuamente su presente, incluyendo los resortes últimos que sostienen la sociedad (familiar) que ahora la acoge.
Ataques de ansiedad que, por momentos, se transforman en brotes de manía persecutoria y pánico, convivirán desde entonces con ella, incluso cuando logra ponerse a salvo en casa de su hermana Lucy y de su cuñado Ted, ambos incapaces de comprender no ya el proceso de destrucción de la personalidad que ha sufrido Martha durante su estancia en aquella granja comunal, como el modo en que deben proceder para que los mecanismos de resocialización teóricamente prescritos surtan efecto. Y es que el pasado de Martha acecha sólo a unos pasos, y ni su familia ni su propia cordura parecen ofrecerle un consuelo hábil al que poder aferrarse.
‘Martha Marcy May Marlene’ (un título que resume las tres personalidades opuestas que convergen en el interior de la adolescente protagonista) se sostiene dramáticamente por un afortunado uso del montaje, la elipsis y la narración fragmentada (estructurada a base de flashbacks), capaz de transformar un argumento que, en sus primeros brotes, podría haber tornado a telefilmesco, en un extraño thriller de reminiscencias paranoicas, casi polanskianas, poseedor de una atmósfera turbadora, malsana y abiertamente irreal, repleto de insertos sonoros y de planos que continuamente invaden el espacio que ocupan los protagonistas, tal es el nivel de fisicidad y carnalidad que propone el debutante Sean Durkin en cada una de las secuencias que filma.
A través de los claroscuros (también fotográficos) que definen la vida de una comunidad sectaria, a su carismático (e inquietante) líder (interpretado por John Hawkes), y a la familia política de Martha (que vive en un entorno aparentemente idílico, junto a un lago), nos adentramos en una realidad pavorosa (Durkin, con cierta habilidad narrativa, respeta continuamente el punto de vista de la protagonista, que también coincide con el del espectador), inexorable además de inescrutable, maniquea sólo a partir del propio prejuicio que pueda tener el espectador respecto a este tipo de comunidades (o de familias idealizadas), poseedora, finalmente, de una moraleja escalofriante: una vez el cerebro queda infectado por el influjo sectario, ninguna escapatoria es posible. Una excelente ópera prima a la que seguiría la no menos perturbadora ‘El refugio’.




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