“Una vez vi una sirena”, confiesa una voz en off en los primeros compases de ‘Suzhou river’, segundo largometraje de Lou Ye, el que fuera uno de los románticos por excelencia de la cinematografía china contemporánea, siempre en las antípodas de la industria oficial. La chocante afirmación del narrador de esta historia contrasta con las imágenes de un país en continua transformación, en perpetua construcción. El eterno conflicto entre lo viejo y lo nuevo lo encarna un río cuyo curso ha moldeado un siglo de historias y basura.
Filmada cámara en mano en 16mm, desde una óptica a medio camino entre el enfoque documental y la mirada subjetiva, Lou Ye propone aquí una fascinante odisea amorosa que una y otra vez coquetea con el suspense hitchcockiano, del que toma prestado algunos de sus clichés, incluso sus reconocibles dicotomías, puntuándolo con las transiciones y los estilemas que conforman el imaginario del noir, quizás bordeando por momentos lo hiperbólico, hasta componer un relato con estructura de muñeca rusa que, finalmente, se adentra en el terreno del fantástico.
El realizador chino parece reivindicar el cuento de tradición oral, con esos meandros, pliegues y reformulaciones inherentes a todo lenguaje vivo, a la hora de detallar las aventuras del trío que conforman Mardar, Mei Mei y Moudan, integrando, con tono melancólico, sublimación romántica, fantasía pop y mitología urbana. La búsqueda de Mardar, no sabemos si tras la pista de un fantasma, una ensoñación o un anhelo imposible, se convierte en un juego de espejos de tintes trágicos. El doppelgänger que persigue se desliza escurridizo a través de un laberinto de neones y callejones sin salida, descrito con el frenesí visual (pura embriaguez sensorial, para ser exactos) de un febril estado de duermevela por el que desfilan mafiosos, timadores de poca monta y la consabida femme fatale.
Como obra clandestina e independiente (la censura y la prohibición de rodar durante largos periodos de tiempo ha marcado durante años la relación del cineasta con las autoridades chinas), ‘Suzhou river’ rezuma libertad y descaro. No solo gravita sobre el arte de narrar, sino que, ante todo, es un elogio al cine como oficio de la verdad (“las cámaras no mienten”, repite Mardar), también como herramienta privilegiada para encapsular lo que es efímero y caduco (“nada dura eternamente”, de nuevo en palabras de Mardar). A partir de este punto, la filmografía de Ye acentuaría cada vez más sus elementos sociales y políticos, caso de la inabarcable ‘Summer palace’, cuando no era directamente un desafío al Gobierno chino abordando temas tabú como la homosexualidad en ‘Spring fever’, que, tras un rodaje de tapadillo en Nanking financiado por productores extranjeros, tuvo que ser editada en París.




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