Ironía de la vida, tal vez broma kafkiana del destino, resulta paradójica la involuntaria implicación de Georges Franju en el escandaloso ‘asunto Ben Barka’, un complot de trama casi novelesca en el que desafortunadamente la realidad superaba a la ficción. Y es así porque el director francés halló su propio camino en el terreno de la ilusión y la fábula, aspirando a apresar la esencia de la realidad y la poesía que emerge de ella. Por ello le fascinaba la inusual extrañeza que emana de lo cotidiano. El cine no solo surge de un impulso creativo sino también de la necesidad vital de expresar emociones.
La carrera de Franju se inicia como documentalista en 1949, antes de saltar a la ficción en 1958 con su primer largometraje, ‘La cabeza contra la pared’. Con un total de 15 cortometrajes, 8 largometrajes, 3 series y una película para televisión, el galo es una figura incontestable en la cultura cinematográfica francesa y fundador, junto a Henri Langlois, de la prestigiosa Cinémathèque.
Franju, en su primera etapa, se afanó en el documental, un género que le sirvió para indagar en la búsqueda de una representación lúgubre a través de un equilibro de veracidad y estética, dando como resultado un lirismo visual excepcional. Al aproximarse en sus primeros trabajos a las miserias de la sociedad de su época, Franju radiografiaba con un mimo exquisito las atrofias físicas y psicológicas que producía un sistema enfermo cuyos muros aprisionaban la belleza de lo irracional. Pero sería en el cortometraje documental ‘La sangre de las bestias’ donde el realizador, más allá del mero retrato, certificaría su interés por profundizar hasta el último estrato de lo real, sin dejar de invocar una lírica plástica y fantástica que pertenece a la categoría de lo insólito.
De primer orden en su filmografía, la estética depurada y la elegancia formal de ‘Los ojos sin rostro’, un cuento de terror gótico que asentaría los pilares del fantastique. Esta pieza, de suspense hitchcockiano, de gran trascendencia para la historia del cine fantástico europeo, cimentaría las bases para el posterior desarrollo del género, especialmente en lo que al horror lírico-quirúrgico se refiere, legando una impronta que se dejará notar en un buen número de producciones, desde ‘Gritos en la noche’ de Jesús Franco a ‘La piel que habito’ de Pedro Almodóvar. El extraño halo irreal que desprende la cinta viene reforzado por el papel melancólico y gélido que hace suyo Edith Scob, actriz fetiche del bretón. Con ella también contaría en ‘Judex’, un tributo al cine mudo y a toda la imaginería de la cultura pulp.
Es cuando menos curioso que el realizador, admirador de personajes míticos del folletín francés, clausurase su periplo cinematográfico con una suerte de Fantômas, la creación de Marcel Allain. A su vez, recopiló en su obra algunas constantes del pionero del serial francés, Louis Feuillade, especialmente en ‘Judex’ o ‘Las noches rojas’. El espíritu de ‘Les vampires’ está más que presente, caso de la Diana de ‘Judex’, vestida de cuero y deslizándose por los tejados como la mismísima Irma Vep. En cualquier caso, sus películas son auténticos ejercicios de estilo que tratan de recuperar la inocencia de las antiguas narraciones de intriga, tal y como también sucede en ‘El foco sobre el asesino’, un divertimento que rescata todos los lugares comunes, desde la mansión victoriana hasta la familia de codiciosos que aguarda el desembolso de una herencia.
En su recorrido, el cineasta francés alimentaba el revival feuilladiano, concibiendo un Judex de extraordinaria sensibilidad que entronca con el melodrama primitivo. Siempre tras la pista del clásico expresionista y las piruetas circenses de su amado Méliès, o el guiño a la vanguardia artística de su tiempo. También queda para la posteridad su capacidad para sugerir lo inesperado, pues sorprende con constantes giros surrealistas que rememoran a Luis Buñuel o a Jean Cocteau: ahí está la ya legendaria escena del baile de disfraces en ‘Judex’. No en vano, su interés por los surrealistas lo llevó a adaptar la novela ‘Thomas l’ imposteur’, del autor de ‘La sangre de un poeta’. Pero no fue su única adaptación literaria: ahí quedan sus vueltas de tuerca a la obra de François Mauriac (‘Thérèse Desqueyroux’), Émile Zola (‘La faute de l’Abbé Mouret’) o Joseph Conrad (‘La ligne d’ombre’).
La obra de George Franju está, en el mejor de los casos, relegada a filmotecas o a retrospectivas casuales en festivales (así sucedió en 2012 en el Zinemaldia o en el homenaje que un servidor le dedicó en la programación de Retroback en 2009), pero en su momento gozó de enorme prestigio crítico y le valió la admiración de los jóvenes cineastas, aquellos que grabarían su nombre en el gran panteón de la Nouvelle Vague.




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