Aquel espíritu de perseverancia y lucha que abanderaba la comunidad de Willets Point frente a la rentabilización insaciable del paisaje urbano neoyorkino en la entrañable ‘Foreign parts’ parece reverberar en el corazón de Martín, centinela y cuidador de El Jardín, una fantasmagórica necrópolis enclavada en la región de Culiacán, una zona de guerra asolada por el horror de los carteles de la droga en la que se da cobijo y sepultura a víctimas y verdugos. ‘El velador’, tercer largometraje documental de Natalia Almada, apadrinado por el Sundance Institute y la prestigiosa Jan Urijman Fund (todo un referente en la producción y distribución del cine de lo real), evita, en todo momento, ahogarse en los tics y las miserias del reportaje de investigación, una filosofía que su autora ya razonaba en el fresco fronterizo ‘Al otro lado’.

No ficción de sobrecogedor y mustio calado lírico, aborrece cualquier tipo de información directa (textual o no), respaldada por la exigencia de no mostrar ni juzgar con panfletos sensacionalistas, de optar por el testimonio silencioso antes que por la cruda denuncia, por el gesto metafórico (las mariposas, los cirios en la penumbra, el poso dramático de su última escena) en detrimento de la carnalidad del miedo. Así, decantándose por el carácter silente de tomas largas y estáticas o la vehemencia de los primeros planos, por la iluminación vespertina y la ausencia sistemática de interlocutores, la mexicana, empecinada en evidenciar la violencia sin violencia, bosqueja sutilmente los meandros de este desapacible microcosmos y describe sin diálogos la realidad de lo que otros denominan daños colaterales, mientras las grabaciones de audio nos sitúan en la consumación del Estado de derecho: pomposos mausoleos, prototípicos del sincretismo cultural, cuya envergadura rubrica la autoridad de los difuntos, antiguos caudillos de la jerarquía mafiosa; enormes murales, colmados de fotografías de jóvenes con nombre y apellidos, que evocan la fugacidad de la vida en territorio hostil; obreros que, asumiendo con resignación y sentido mecánico su responsabilidad, se aferran al presente, conscientes de que mañana alguna de aquellas tumbas podría ser su morada perpetua; noches eternas en las que intimida el rumor distante de la última balasera; melodías de Jalisco que perduran en la memoria, familias que lloran fuera de campo y vendedores ambulantes que resisten las embestidas de la existencia gracias al dolor ajeno.

Como si el tiempo quedase momentáneamente suspendido, extraño a la corrupción institucionalizada y las ejecuciones extrajudiciales que detallan sin rubor los medios de comunicación, este cementerio, ubicado en las entrañas del mismo infierno y retratado con tanta modestia como consideración, no es sino otro síntoma de un sistema enfermo parapetado a conveniencia de criminales sin reparos y políticos que disfrutan de su poltrona mientras los muertos se convierten en variantes cuantitativas de estadísticas que hielan la sangre. Una propuesta humilde, sin alardes, tal vez ensimismada en su idiosincrática vocación de ser para todos y para nadie, pero concienzudamente concluyente.

Leave a comment