“En un mundo de infinitas posibilidades, elegí estar rota”. A pesar de sus terribles circunstancias, la joven Pia es consciente de que más allá de los muros del hospital psiquiátrico le aguarda lo más parecido al infierno. Sin el tono frío y amargo de otros retratos de la enfermedad mental como ‘Spider’ (David Cronenberg, 2002), ‘How to be normal and the oddness of the other world’, una de las sensaciones de la pasada Berlinale y de la sección oficial a concurso del Atlántida Film Fest organizado por Filmin, rompe con otras cintas de temática similar apostando por el ejercicio de estilo, jugando tanto con el montaje como con la relación de aspecto (transitando continuamente del panorámico a un ratio casi cuadrado como el 1.19:1) o el diálogo intergenérico (comedia bizarra, monster movie, terror psicológico).
La ópera prima del austriaco Florian Pochlatko presenta la fisonomía de un collage, como si se tratase de un flujo de conciencia en el que tienen cabida saltos espaciotemporales, presencias fantasmagóricas, lenguajes digitales, insertos musicales o citas de Daniel Johnston y ‘El club de la lucha’. Pia aspira a ser libre y feliz pero su alucinada rutina diaria está marcada por el estigma de la reinserción, por la medicación y sus transformaciones físicas, por la ansiedad y el síndrome de abstinencia, por la irritante cantinela de adultos que censuran su comportamiento, que la cuestionan, que le indican cómo debe comportarse. A través de los ojos de Pia, no sólo descubrimos cómo funciona una mente divergente que parece haberse desviado de lo que el corpus social califica como normal, sino que entrevemos las contradicciones de las relaciones humanas y el sistema que las cobija.
Y todo esto en el marco de un mundo en descomposición, que se muere, que ha perdido el rumbo y se ha convertido en artificio, en el escenario de una obra de teatro eminentemente trágica. No sólo para ella, sino también para sus progenitores. Noticias que avanzan un probable cataclismo en la naturaleza y documentales que profetizan el advenimiento de caracoles zombi, asteroides asesinos y gatos que manipulan los sueños de sus dueños. La realidad de la que son testigos a través de las pantallas es tan aterradora como la estampa del mercado laboral que bosqueja Pochlatko, el absurdo llevado al paroxismo con mentiras, surrealistas entrevistas de trabajo y multinacionales que ambicionan devorarlo todo.
Pochlatko, que no juzga ni ofrece respuestas fáciles, no solo dirige su mirada a lo que significa sentirse un alienígena en tu propio planeta, a lo que supone extraviarse perdiendo el control de nuestra vida, sino que, en definitiva, opta por filmar un tierno (aunque irregular en conjunto) tratado sobre las derrotas vitales que nos sirven de aprendizaje.




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