Todos los alumnos de una misma clase, salvo uno, desaparecen misteriosamente la misma noche y exactamente a la misma hora. Sin revelar demasiado, hasta aquí el punto de partida de ‘Weapons’, el segundo trabajo en solitario tras la cámara de Zach Cregger. Una brillante cinta de terror para adultos, madura, que se cuece a fuego lento, que se preocupa por los personajes y su psicología y contexto, y que obedece a una inteligente estructura de capítulos cuya resolución completa (y sus concomitancias con ‘Hereditary’ de Ari Aster) sólo descubriremos en su antológico y divertidísimo desenlace.

Maybrook, la villa donde acontece el relato que ahora nos ocupa, representa el paradigma del folk horror suburbano, el enclave por antonomasia del capitalismo neoliberal norteamericano transfigurado en monstruo del inconsciente cinéfilo, en la caja de Pandora de toda una tradición de ese American Gothic que transcurre de ‘Poltergeist’ o ‘La noche de Halloween’ hasta epítomes del terror posindustrial contemporáneo como ‘It follows’ o la misma ‘Barbarian’, el anterior largo de Cregger, con una primera media hora de metraje para el recuerdo.

En su particular cartografía del barrio residencial, este espacio que simboliza el triunfo del consumismo y el american way of life, que encarna como pocos la fantasía de prosperidad, estatus social, seguridad y valores familiares patriarcales soñada por las clases medias, es solo una fachada. Esa idílica estampa, que conforman hileras interminables de casas homogéneas con jardín y vecinos embebidos de un fuerte sentimiento comunitario, es puro artificio. Entre bambalinas, el mal como sombra colectiva, violencia latente y amenazas soterradas. En ocasiones, es el miedo al Otro que no encaja en la norma (una idea que Cregger subraya aquí), esto es, una cuestión de clase, género, raza o diversidad sexual, cuando no se apunta directamente al gueto, al espacio de precariedad al margen del sistema, que el establishment bienpensante no asocia con vulnerabilidad sino con el peligro que suponen la delincuencia y las adicciones de toda índole. Pero, a veces, la enfermedad que corroe este supuesto oasis surge en su propio seno.

Reivindicando el legado de aquellos cineastas que siempre entendieron el fantástico como laboratorio de ideas, como fértil campo para el comentario social, ya en tiempos de la ciencia ficción conspiranoica de la década de los 50 o de la dimensión identitaria que George A. Romero otorgó a la figura del muerto viviente, Cregger convierte su delicioso cuento de medianoche en una fábula sobre la geopolítica de nuestro presente, no exenta de humor negrísimo y de pasajes colmados de imágenes perturbadoras y jump scares calculados al milímetro. Porque el alcance de cierto personaje de su trama (del que poco más diremos), toda una suerte de trasunto del trumpismo, da pie a un subtexto que define a la perfección el mundo en el que vivimos: cabezas de turco, armas de destrucción masiva, desinformación o individuos lanzados al campo de batalla global como carne de cañón a mayor gloria de fines espurios y réditos de dudosa moralidad.

Atención, en este film ningún detalle o matiz es baladí, demostrando que Cregger apuesta antes por el juego cabalístico que por el susto fácil. “¿Has descubierto algo que yo no vea?”, pregunta el sheriff de Maybrook al padre desesperado que interpreta Josh Brolin. En efecto, bajo la aparente calma del estado del bienestar, es nuestro deber abrir los ojos, entender que nuestros presuntos logros en materia de libertad y derechos son una artimaña para que no nos percatemos de que algo huele a podrido en el sistema. Escribía Ballard que en la ciudad “la arquitectura está diseñada para la guerra”. Una guerra subrepticia que se extiende más allá de nuestra realidad circundante y que toda democracia debería temer. Una sospecha de la que parece haber tomado buena nota Cregger a la hora de firmar, sí, una de las mejores películas de terror de la temporada.

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