Independientemente de que se tratase de una parodia fantacientífica, un turbio psicothriller o un melodrama que forzaba hasta lo caricaturesco los códigos y los arquetipos de la comedia romántica, el cine de Doris Wishman no se limitó a poner en jaque con picardía las convenciones sociales y la represión manifiesta y latente en la vida pública y privada de su época. Sorprende su manera de enfocar el softcore recurriendo al fuera de campo, o de mostrar sin tapujos una relación lésbica. Pero también que en sus tramas tengan cabida fetiches extravagantes, morbosas parafilias, pasajes oníricos que revelan traumas perdidos en el subconsciente y cierta obsesión por el imaginario de la ‘poupée’ que tanto gustaba a los surrealistas.

Pero lo que le mereció su consideración de “la Maya Deren del sexploitation” fue su talante visionario, propio del cine experimental, a la hora de trabajar en la dirección, el sonido y el montaje. Las voces en off desincronizadas en yuxtaposición con monólogos interiores y flujos de conciencia. Rápidos movimientos de cámara, planos subjetivos y extraños encuadres en contrapicado característicos del noir o el terror (léase, por ejemplo, ‘El carnaval de las almas’).

En su obra, en la que el tono alegre y desprejuiciado de sus primeros largometrajes se torna sombrío y áspero a finales de la década de los sesenta, subyace, con mayor o menor ambigüedad, un anhelo utópico: el paraíso nudista de ‘Nude on the moon’ (1961); la huida hacia delante de la ‘damisela en apuros’ para romper con un ciclo de violencia machista del que parece no poder escapar en ‘Bad girls go to hell’ (1965); o la liberación de la sexualidad femenina cosificada por el deseo masculino en ‘Indecent desires’ (1968).

Venerada por John Waters como auténtico icono de lo camp, lo cierto es que la historia en B del cine debería colocar a Wishman en el mismo estatus de autoría creativa que se le ha conferido a realizadores como Russ Meyer, Herschell Gordon Lewis o, incluso, Ted V. Mikels.

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