Más allá de esa sensibilidad esencialmente contemporánea con la que construyen, con tanta ternura como vehemencia, su retrato de una etapa vital sumamente contradictoria como es la adolescencia, la obra de Caroline Poggi y Jonathan Vinel está impregnada de un halo de fatalismo, de tragedia clásica que no es difícil anticipar desde los primeros acordes. No sorprende, pues, que se hayan convertido, posiblemente, en los cronistas más lúcidos del teen angst, del estrés y el desengaño de toda una generación impetuosa con poco que perder, que abraza religiosamente el lenguaje híbrido de lo multimedia a la par que descubre que su ejercicio de resistencia y revolución parece estar abocado una y otra vez al fracaso bajo el peso de todo aquello que representa el sistema: control, orden, legalidad.

Ya en ‘As long as shotguns remain’, Oso de Oro al mejor cortometraje en la Berlinale 2014, una de las más portentosas radiografías de la masculinidad tóxica de la pasada década, subrayaban su predilección por la paisajística urbana, por las zonas residenciales despobladas, por los espacios en los que la cruda imagen de la desolación y el abandono se transformaba en algo lírico, de una belleza que trasciende lo epidérmico. Un marco en el que, al modo del mapa abierto de un videojuego, se abría un mundo de posibilidades infinitas por explorar. Un lugar en el que los NPC, los marginados de la sociedad, podrían hallar un propósito, una conexión con otros desarraigados que diese sentido a una existencia al margen de la convención. Así, con su transgresión de los tópicos de la saga juvenil ‘Los juegos del hambre’, la familia de saqueadores de ‘Jessica forever’ buscaba sobrevivir en una comunidad distópica en la que los inadaptados se habían alzado con el poder.

Su segundo largometraje, ‘Eat the night’, presentado el pasado año en la Quincena de los Realizadores de Cannes y estrenado estos días en premiere nacional durante el Atlántida Film Fest auspiciado por Filmin, extiende este universo hasta el corazón mismo de la pantalla. A medio camino entre el thriller de bajos fondos y la narrativa del amour fou de ascendencia cuasi shakesperiana, la cinta se aferra a su descripción de una realidad extraña, compleja y nocturna en la que están sumidos sus protagonistas, como si de un callejón sin salida se tratase, un destino inexorable del que solo escaparán de forma efímera cuando el amor haga acto de presencia en el relato.

Pablo, un traficante de drogas, y su hermana Appoline viven juntos, aunque irónicamente solo se relacionan sin filtros en un juego online llamado Darknoon, un oasis digital de estética hiperrrealista donde creen haber localizado a su verdadero yo. Cuando Pablo se enamora de Night tras una trifulca con otro dealer, comienza a descuidar a su hermana, obsesionada con el final de su second life: el servidor caerá el día del solsticio de invierno. Todos se verán atrapados en la vorágine de un conflicto entre bandas cuyo desenlace se presiente inevitable.

A priori resulta interesante esa dialéctica entre lo que acontece en el videojuego (la vía de escape de Appoline, donde se evade de todo cuanto la rodea) y la realidad fuera del ordenador (en la que los trapicheos de Pablo desencadenan una espiral de violencia tan desmesurada como la del propio videojuego). Sin embargo, la confrontación entre los dos lenguajes audiovisuales (en el caso de la animación 3D, el resultado es apabullante) no termina de cuajar en una trama que con demasiada frecuencia se pierde en sí misma. En última instancia, la panorámica que plantean de dos mundos a punto de colapsar, mucho más intimista de lo que hacía presagiar la grandilocuencia de algunos de sus fotogramas, casi siempre envueltos en un cariz de nostalgia hipervitaminada (aquí brinda un papel fundamental la música de Ssaliva), llega a un término que no por previsible resulta menos emocionante: la consumación y acabamiento de una época. Porque la filmografía de esta pareja de cineastas franceses es, en definitiva, una meditación sobre la memoria y la identidad individual y colectiva en un tiempo de realidades líquidas.

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