Ópera prima de la actriz francesa Eva Ionesco (Polanski la hizo debutar frente a la cámara en ‘El quimérico inquilino’), ‘My little princess’, compareciendo como exorcismo autobiográfico, fracasa estrepitosamente en su risible intento por conciliar algunos tópicos del drama generacional y el retrato desinhibido de una época apegada a la controversia y el escándalo (la década de los setenta), consecuencia de un guión imperfecto, provisto de alguna réplica ingeniosa, y un trabajo de dirección torpe y necesitado de brillo.

Violetta, de diez años, ha crecido en un entorno frágil y pernicioso; criada bajo la tutela de su abuela, devota de una congregación ortodoxa, su infancia deambula entre fantasías hollywoodienses y la sombra de una madre ausente, cuyas idas y venidas siempre se escudan en la furtividad de la noche. Pintora fracasada, Hanna (una Isabelle Huppert en horas bajas) confronta con sus farsas y sus veleidades la supuesta mediocridad de su tiempo, empuñando su aventura artística bajo la coartada de un erotismo intelectual y literario. Apadrinada por Ernst, amante ocasional y mecenas desprejuiciado, halla en la fotografía una objetividad sagrada. Su imberbe sucesora no puede evitar caer presa del hechizo de misteriosa bohemia que empapa su estudio. La precoz lolita transita de una suerte de Shirley Temple para nostálgicos prerrafaelistas a protagonista absoluta de exuberantes y barrocos tableux-vivants, impregnados de provocación surrealista, idóneos para evocar la herencia de Balthus; un universo de ficción saturado de trajes de princesa, espejos deformantes, coronas florales, iconografía cristiana, máscaras venecianas y atmósfera de cabaret malsano. Musa glam, vampiresa de la arrogante escena parisina y marginada militante en la escuela, Violetta abandona vertiginosamente la edad de la inocencia mientras el dinero y las drogas fluyen al amparo del ascenso meteórico de su progenitora, siempre presta a transgredir el límite, al menos, hasta que los excesos se cobran sus primeras víctimas.

Intermitentemente eficaz en la composición de sus planos, la desconcertante fluctuación de tonos y registros, la vocación esperpéntica que domeña muchos de sus pasajes, la endeble y dantesca presentación de algunos personajes, y su desatinado score, capaz de ligar carga melodramática y guiños a la música del cine de culto de los 70 (Bava y Argento asoman en las paredes del destartalado apartamento), no favorecen la valoración final de una película que se permite cierta referencia al tráfico descontrolado e intimidatorio de la imagen en la posmodernidad. Una alusión subrepticia, finalmente poco próspera en la trama, que, en manos de un cineasta como Assayas, sirvió de materia prima, como bien sabemos, de otra obra, esta sí, excelente.

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