“Lo que están a punto de ver podría cambiar su percepción”, aventura Elina Löwensohn en los primeros compases de ‘Cabaret prehistórico’ (2014). La advertencia que lanza la maestra de ceremonias de esa suerte de Café Flesh interpretada por la actriz rumana, a la postre musa y colaboradora habitual de Bertrand Mandico, es, a su vez, una invitación para adentrarnos y explorar sin temor el excéntrico microcosmos del director francés, en el que, frente a la realidad cartesiana y escéptica, las leyes del universo beben del surrealismo, la lógica interna de los sueños y las asociaciones de ideas que sólo la intuición puede entrelazar. Esto es, decadencia, vulgaridad, esoterismo e iconoclasia.
Amor fou, ultrarromanticismo y delirios pornográficos de arte y ensayo en la mejor tradición de Roland Topor. Bestialismo y crueldad. Humor macabro y grotesco al calor de las fantasías feéricas. Sexo caníbal, sadomasoquismo y ensoñaciones eróticas. Salpicaduras de sangre, fluidos viscosos y carne, mucha carne. Maniquíes y naturalezas muertas. Mundos vegetales acuosos y criaturas fálicas cubiertas de pelo y saliva. Sobreactuación e inflamación poética. Diálogos desincronizados y doblajes forzados. Voces en off que, como un mantra, nos invitan al autodescubrimiento de la piel que habitamos. Artificio y cartón piedra. Luces estroboscópicas y gamas cromáticas imposibles. Stop motion y ciencia ficción que anticipa la histeria del futuro. Material de archivo, metraje encontrado y videocassettes con la banda magnética perforada. Homenajes a Buñuel, citas explícitas de Ballard y guiños ingeniosos a Giger o Elroy.
A propósito de ‘Les garçons sauvages’ (2017) escribía esto: “Una fantasía queer que, con la estética de Maddin, la poética de Cocteau y la erótica de Jarman, ofrece una lectura personalísima de la literatura romántica, fantástica o de aventuras, reivindicando un futuro en clave femenina y transgénero”. Pero hay más.
A Mandico le inquieta el porvenir de sus imágenes, preguntándose si se pudrirán como los cuerpos o perdurarán ad eternum. “Soy la directora más odiada de mi generación. La pornógrafa tribal. La carroñera del género. ¿Quién me recordará? ¿Quién escribirá sobre mí?”, se lamenta una de las protagonistas de ‘Ultra pulpe’ (2018). ¿Y esos señores decrépitos y aburridos que jamás responden al llamamiento del arte en ‘Cabaret prehistórico’ (2014)?
A Mandico le inspira la perversión de los vínculos primarios, el deseo violento de poseer al Otro y la estimación del séptimo arte como portal para acceder a los parajes más recónditos de nuestra memoria. Su filmografía es una colonoscopia, literal y metafórica, que penetra hasta “el estrato primitivo de la individualidad, hasta la misma cuna de la humanidad”.
A Mandico le interesa el arte de tintes biográficos. Reimaginó a Juana de Arco para especular sobre las contradicciones del relato oral en ‘Y-a-t-il une vierge encore vivante?’ (2015). Y en ‘Boro in the box’ (2011), posiblemente el biopic más original y radical de la historia del cine, da buena cuenta de la trayectoria vital y la obra del realizador polaco Walerian Borowczyk, uno de sus mentores espirituales. Al identificarse con “ese hombre que vivió toda su vida en una caja con un agujero”, Mandico hace alarde de su pasión cinéfila y de su descubrimiento del placer y la sexualidad, de su aprehensión del cuerpo femenino como un ave hermosa y libre.
A Mandico no le supone mayor problema explicitar sus referentes. En ‘Notre-dame des hormones’ (2014) reivindica el legado de ‘Baby blood’ antes que el de la nouvelle vague y ensalza la figura de Alain Robbe-Grillet rescatando la secuencia más icónica de ‘La belle captive’, tal y como ya hiciese su amigo Yann Gonzalez en ‘Un couteau dans le coeur’.




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