Al meditar sobre las relaciones humanas siempre evoco aquello que sentenciaba ‘Irreversible’: el tiempo lo destruye todo. En su último largometraje, un tratado sobre la vejez y la decrepitud, sobre la vida que se precipita de forma agónica y vertiginosa hacia el silencio y la nada absoluta, Gaspar Noé, inmerso en su particular duelo personal a través de la imagen y la palabra, llega a la conclusión de que para entender un mundo que se marchita, que se extingue, es necesario observar sin artificio. El miedo, la desorientación y el extravío hasta sus últimas consecuencias. Ante la herida violenta y brutal que causa la muerte, ante lo que es fugaz y efímero, solo nos queda el ejercicio de la memoria como representación.

En su película de montaje, en la que formato y composición cobran especial relevancia, y apoyándose en las bellísimas interpretaciones de Dario Argento y Françoise Lebrun, Noé insufla desgarro y melancolía a sus fotogramas mortecinos poblando el encuadre de objetos y símbolos que hablan de una tragedia experimentada en primera persona. De ahí que también pretenda ajustar cuentas con los vínculos paterno/materno-filiales o la caducidad del amor, o que, una vez más, se deleite con un sentido homenaje al cine como fábrica de sueños. Aunque, irremediablemente, y volviendo a aquella cita, al final solo quedará el recuerdo desprovisto de sujeto.  

Leave a comment