Aunque su fulminante cese vaticina un futuro oblicuo, Otavio acata a regañadientes la férrea decisión de su esposa Helena, obstinada en alquilar un cochambroso local comercial de Sao Paulo, abandonado durante décadas, en el que confía ciegamente para emprender su primera aventura empresarial como dueña de una tienda de comestibles. Para atender los quehaceres diarios de su vivienda y cuidar de su hija pequeña, contrata a Paula, una joven negra recién llegada a la capital. La apremiante crisis de Otavio, incapaz de admitir que ya no es la fuente de sustento de su manada, así como los recelos que soportan el nexo de Helena con los empleados del supermercado o su nueva asistenta del hogar, a la que en ocasiones repudia cuando siente que su rol maternal queda en entredicho, corren en paralelo a una serie de insólitos acontecimientos que, en última instancia, parecen ser fruto de la exteriorización de las aberrantes deformaciones del subconsciente.
Coherente con la lógica y la devoción por el detalle de su laureado cortometraje ‘Un ramo’, la ópera prima de Marcos Dutra y Juliana Rojas no es sino un notable examen sociológico, cobijado en un diálogo intergenérico poco frecuente en el cine brasileño, que propone una autopsia de la clase media, el sistema capitalista y el mercado laboral a partir de estilemas formales y conceptuales procedentes del fantastique (incluso de ciertos referentes del cine asiático contemporáneo o el desconcertante ‘Kitchen sink’ de Alison Maclean), haciendo hincapié en la profunda deriva que carcome el núcleo familiar y las relaciones interpersonales, en la patraña de un tejido social en el que la existencia es una cuestión burocrática, en la paranoia latente que subyace en el intercambio de roles y la rescisión de una estructura preestablecida, en el frágil muro que disgrega lo público y lo privado, en el vínculo hierático que todavía hoy define la dialéctica del amo y el esclavo (el antagonismo que mantienen Helena y Paula no podría ser más revelador, sin eludir un pasaje en el que una representación teatral organizada por un grupo de escolares constata la monstruosidad de algunas formas de explotación humana no tan remotas).
Con tales pretensiones, la trama es fecunda en lo que se refiere a imágenes icónicas: relatos orales de corte fantaterrorífico al calor de la lumbre, permutas de personalidad, disparatadas pruebas de selección de personal, narices que sangran sin previo aviso, museos de taxidermia que conservan criaturas horripilantes, extrañas manchas de humedad en la pared, fluidos fétidos y viscosos que emanan del pavimento, luces intermitentes y fallos eléctricos impredecibles, plagas de cucarachas y colonias de lombrices, un can desafiante, sombras fantasmagóricas en la penumbra e instantáneas que retienen en el tiempo un misterio del pasado.
Su predilección por la intimidad de los planos fijos y el score ambiental (siempre sonidos fuera de campo: martilleos insistentes, murmullos de vecindario, timbres telefónicos, insectos nocturnos o ladridos espeluznantes), la aglutinación de viñetas preñadas de simbolismo, sketches estrambóticos e incidentes de naturaleza surrealista, o su inaudito reproche comunitario, no exento de salidas hilarantes, parecen explosionar en su cierre, una estridente metáfora que equipara el laberinto profesional con una jungla en la que, bajo nuestras máscaras de cosmopolitas modernos, se camufla una bestia salvaje y primitiva. Una insospechada sorpresa.




Leave a comment