Homenaje fallido aunque bienintencionado al fantástico juvenil de la década de los ochenta, ‘Moon garden’ tenía todas las papeletas para convertirse en una cinta de culto instantáneo: una fantasía oscura rodada a lo largo de seis años, de espíritu evocador y militancia DIY, rindiendo tributo al poder de la imaginación y la riqueza del cuento de tradición oral. Una idea bonita, sin duda, pero ejecutada de forma errática y aparatosa.

Resulta estimable, por supuesto, ese elogio a un cine que ponderaba al artesano antes que al autor, o que a lo largo del metraje cite sin disimulo tanto la obra de Lewis Carroll como las lóbregas pesadillas en stopmotion de referentes indiscutibles como Svankmajer o los hermanos Quay. Pero Ryan Stevens Harris no es Tarsem Singh, y no funciona ni la forma (un diseño de producción carente de inventiva y recursos, su caótico montaje) ni el fondo (la dimensión dramática de la historia, pura afectación que intenta sostener sin éxito un reparto bajo mínimos).

Como la película de 35mm caducada y la óptica vintage que se utilizó para filmarla, el segundo largometraje del hasta ahora editor se diría condenado a la fugacidad y al olvido incluso antes de nacer. La nostalgia, como argucia para apelar a cierta educación cinéfila y sentimental, comienza a ser tan peligrosa como el síndrome del vinagre.

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