Premiado en Locarno, el último cortometraje de Alexis Langlois reincide tanto en su mirada hipervitaminada y queer de la cultura pop, como en su sarcástica apropiación de iconos de la francesidad, sean ‘Los ojos sin rostro’ o el Festival de Cannes. En esta ocasión, el dardo lo clava en la cinematografía de su país, empeñada en amargar la fiesta a soñadores con ínfulas de artista y libertad creativa como la protagonista de esta historia, una guionista que no encuentra financiación para rodar “una comedia grotesca con lesbianas terroristas y revolucionarias que despedazan a hombres heterosexuales”.

La obra de Langlois, emparentada con la de cineastas como Bertrand Mandico, Yann Gonzalez o Caroline Poggi, se enmarca precisamente en una corriente en las antípodas del discurso oficial de la industria. Una generación que ama el artificio fetichista y que celebra apasionadamente el cine de género, el body horror, el trash cinema o las películas de acción y ciencia ficción de los ochenta. Que prefiere reivindicar a Alain Robbe-Grillet antes que a Godard. Que antes cita a Buffy la cazavampiros que al señor Hulot.

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