¿Cómo invocar los horrores del nazismo rehuyendo del retrato sensacionalista o (de lo que es aún peor) del sentimentalismo lacrimógeno y pornográfico? La respuesta bien podría ser la alegoría más cruda y desafiante (léase ‘Canino’, ‘La cinta blanca’ o ‘Saló o los 120 días de Sodoma’). Martin Amis, en cambio, perfilaba en ‘La zona de interés’ que lo verdaderamente aterrador, y por ello tan provocador como aleccionador en su significado último, era poner el foco en el contraplano de la Solución Final: el día a día de una Alemania enaltecida, feliz y orgullosa sumida en la más absoluta y abyecta de las negaciones.
Prescindiendo de su trama romántica, también de algunos personajes protagónicos a cambio de dotar a los que mantiene de una contención y hermetismo que no estaban presentes en la novela, la adaptación cinematográfica de Jonathan Glazer es, en efecto, una lección magistral sobre el fuera de campo. En el marco, la idílica y despreocupada cotidianidad del comandante a cargo de Austwitz, su esposa y su prole en el pequeño paraíso artificial que, a modo de burbuja, parecen haber creado a imagen y semejanza de los sueños del Tercer Reich: niños que juegan y disfrutan alegremente de una tarde en el río; constantes idas y venidas de amigos y familiares; un jardín con invernadero que cuidan con esmero y auténtica pasión… Pero la barbarie es un omnipresente telón de fondo que subyuga nuestra mirada, nuestra conciencia. La cámara jamás se adentra más allá de los muros del campo de concentración junto al que viven ociosamente pero el off siempre está ahí resquebrajando la armónica composición, ya se materialice en ese humo que no cesa de emerger de las largas chimeneas de los hornos crematorios, sean esos incesantes disparos, gritos y sonidos industriales que atisbamos a escuchar en la lejanía.
Todo gira, evidentemente, sobre la banalidad del mal, sobre ese concepto que acuñase Hannah Arendt para ahondar en los claroscuros del alma humana y cuestionarse cómo era posible que los funcionarios al servicio de la maquinaria del fascismo jamás se plantearan las consecuencias morales de sus terribles acciones. En la antológica secuencia final, Glazer da un paso más, cercano a la abstracción, ahondando en ese descenso a las tinieblas y dejando abierta la discusión sobre la persistencia de esa trivialización del horror, sobre la confrontación entre el trabajo de la memoria histórica y su conversión en objeto museístico.
En una película tan gélida y rigurosa, tan incómoda que duele, la forma lo es todo, y en ese sentido el director de ‘Under the skin’, que aquí nuevamente aturde con pasajes proclives al extrañamiento o al onirismo (memorable el recurso de la cámara térmica), no tiene parangón. Ahí quedan esos planos fijos marcados por un montaje de naturaleza casi conceptual y precisión quirúrgica que alude a la vigilancia del Gran Hermano en perfecta sincronía con un diseño de sonido calculado al milímetro para puntuar otro score sobrecogedor (y van) de Mica Levi. Pequeños engranajes de la verdadera gran película de terror de 2023.




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