Incluso como corolario de su propia filmografía y de la de sus discípulos más avezados (de Stuart Gordon a Carlo Mirabella-Davis y Julia Ducournau), ‘Crímenes del futuro’ se revela, ante todo, como obra política que resignifica el concepto de transhumanismo. En una sociedad performativa proclive a la propaganda escapista, infantilizada en su aspiración de erradicar todo dolor y reducida a una mera sucesión ortopédica y funcional de actos cotidianos tales como la alimentación o el sueño, la revolución que propone Cronenberg pasa por controlar en primera persona la evolución de nuestros propios cuerpos, por empuñar el destino de nuestra individualidad a través de la mutación biológica. Un cambio de paradigma que, con evidentes concomitancias con nuestra realidad, preocupa al poder, al orden establecido, inquieto ante el alcance y repercusión de esta insurrección en ciernes.
Con este propósito, y remarcando el tono distante y glacial que preside su trayectoria desde que adaptase a Don DeLillo, intensificado aquí por unos diálogos que se debaten entre la especulación intelectual y la afectación poética, el director canadiense construye una extraña trama de conspiraciones gubernamentales, cirugías de escritorio y milagros al margen del establishment científico que también alude a la alienación y la soledad de un sujeto contemporáneo despojado de emociones reales.
No es casual que en el centro de su rebelión sitúe a la figura del artista. Tampoco que coloque las piezas de su tablero distópico en paisajes imaginarios de óxido y metal, en claustrofóbicas galerías interiores que simulan formas orgánicas y que conservan vestigios de un mundo extinto. La epifanía que finalmente experimenta Saul Tenser, el personaje que interpreta Viggo Mortensen, es la de un hombre que se niega a criminalizar el presente para abrazar así un nuevo futuro partiendo de un gesto en apariencia nimio. Y, en ese sentido, Cronenberg, el profeta, no podría resultar más subversivo.




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