En un primer vistazo, si algo fascina del cine de Jessica Hausner, no es otra cosa que esa mirada incisiva, tan gélida, tan distante, con la que disecciona los que, a su parecer, son algunos de los males endémicos de nuestra sociedad, ya sea el fanatismo militante que soporta el peso de las ideologías, la búsqueda artificial de la felicidad o la podredumbre moral de las élites, todo ello sin renunciar en ningún momento a un sentido del humor negro negrísimo que incomoda e hiela la sangre. Una elección que, en su compromiso ético y estético, también es formal: una puesta en escena de rigurosidad espartana, una composición de plano de perfección geométrica. ‘Club Zero’ no es una excepción y, aunque por primera vez en su filmografía bordea el riesgo del subrayado excesivo, del discurso en bucle que no conduce a ninguna parte, nunca es banal. 

¿Hacia dónde apunta el dardo? Obviando ya los aspectos sociosanitarios de lo que plantea, cuando Hausner pone sobre el tapete las arengas nutricionistas y el consumo responsable en su modalidad más extrema, no solo retrata con virulencia nuestra obsesión con el mindfulness, también pone en cuestión la fe ciega con la que abrazamos los mensajes mesiánicos, en este caso imbuidos de proclamas anticapitalistas y ecologistas. De ahí la cruda ironía de la denominada alimentación consciente, convertida aquí en un entretenimiento de ricos, de familias de clase alta absolutamente disfuncionales que delegan en las instituciones o en terceros, no solo la educación, sino la tutela sentimental, espiritual o moral de sus hijos.

Tras su visionado, habrá quién se plante ante alguno de sus gestos más provocadores. Sin embargo, y en los márgenes de su habitual ambigüedad, la pregunta que debemos hacernos es si Hausner toma finalmente partido por sus criaturas, si nos está empujando a aceptar que lo verdaderamente radical y consecuente es el ayuno total. Solo esa duda, entre cómica y sorprendente, ya hace admirable su último trabajo.

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