Si nos atenemos a su obra previa, no resulta sorprendente que Yuri Ancarani (posiblemente el videoartista más relevante de su generación) haya optado por componer una tragedia operística para su retrato de una juventud que ha llegado a la conclusión de que es un mal hábito soñar demasiado. Una juventud que, en un brillante paralelismo con el incierto futuro de la ciudad que le ha dado la espalda, parece condenada a desaparecer por “falta de mantenimiento”.

En su primera parte, la aproximación a la (sub)cultura del barchino, a lo que significa ser joven en el siglo XXI, rezuma autenticidad y está despojada de pretensiones hagiográficas, aunque en ningún caso se pueda hablar de naturalismo o hiperrealismo, tal y como se ha escrito, pues en todo momento la recorre una sublimación estética del paisaje y del imaginario adolescente, como si la mirada documental de Roberto Minervini se fundiese con eso que Harmony Korine, al ser preguntado por ‘Spring breakers’, denominaba “poema pop”.

Sin embargo, en su segundo segmento, al fotografiar la otra Venecia, ese otro mundo subterráneo sumergido bajo las aguas de la historia, se nos invita a una inmersión nocturna y alucinada que estimula nuestros sentidos como la cocaína, el techno y las canciones de Dark Polo Gang sobreexcitan la percepción sensorial de los antihéroes de este relato, en ocasiones como si se tratase de una versión fantasmagórica del cine-neón de Nicholas Winding Refn. Y, al término, esa Atlántida a la que alude el título. Sus últimos diez minutos, una hermosa sinfonía de formas geométricas y realidades líquidas, merecen por derecho propio un lugar destacado entre los pasajes más fascinantes del cine contemporáneo.

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